Archdiocese of Los Angeles
Fielmente en assamblea : Carta pastoral sobre el Eucaristía

Una guía para la Misa Dominical
Cardenal Rogelio Mahony, Arzobispo de los Ángeles
Fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles, 4 de septiembre de 1997

Parte Primera: Un mensaje para todos los católicos de la Arquidiócesis de los Ángeles

La Misa Dominical del 2000

Voy a compartir con ustedes mi visión de la Eucaristía Dominical de una parroquia. Es un domingo de verano, en el año del Jubileo del 2000, 30 minutos antes de la Misa de 10 a.m. en la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. Varios de los miembros del coro están ya hablando entre sí y ensayando con el director y el cantor algo de la música que se usará. Muy pronto, el primer acomodador (usher) que llega está poniendo en orden el área de entrada y quitando los boletines que se quedaron en el área de la asamblea durante la última Misa. El sacristán ha colocado el pan y el vino en una mesa cubierta con un mantel, cerca de la entrada (3). Los acólitos, lectores y ministros de la Eucaristía empiezan a llegar y a hacer los preparativos necesarios. En estos momentos ya están aquí las personas que acostumbran llegar temprano; algunos están arrodillados, en oración, y otros están sentados en silencio. Otros entran en la capilla del Santísimo Sacramento; otros encienden velas en la capillita de Nuestra Señora de Guadalupe. Conforme se aproximan las 10:00, más gente se detiene a escribir en el Libro de Peticiones de la parroquia.

La entrada de la asamblea

En las casas y departamentos de todo el vecindario, ha estado en plena marcha la verdadera procesión de entrada de esta Misa, algunas veces en calma, otras, agitadamente. La gente se está poniendo su ropa de los domingos. Muchas familias están terminando de desayunar, conscientes del ayuno de una hora. Aquí y allá hay algunos adultos que han optado por hacer un ayuno total hasta la hora de la Sagrada Comunión. En algunas casas se hace un esfuerzo consciente por mantener la mañana en silencio: no hay radio o televisión y los periódicos del domingo han de esperar para más tarde.

En un número sorprendentemente grande de hogares, aunque aún son minoría, se ha leído, en común y en voz alta las lecturas dominicales desde el viernes o sábado en la noche. Otras personas se han reunido durante la semana en grupos de oración de habla hispana o inglesa para meditar las lecturas dominicales del Leccionario. Los adolescentes pasaron parte del tiempo de su reunión de jóvenes leyendo estas Escrituras.

Cuando pensamos en prepararnos para la liturgia, normalmente pensamos en los ministros del coro ensayando, en los lectores practicando sus lecturas durante la semana, en el homileta dedicando algún tiempo cada día de la semana hasta que su homilía toma forma el sábado, en aquéllos que cuidan el espacio sagrado manteniéndolo limpio y hermoso. Pero la liturgia es la obra de toda la asamblea, y aquí empezamos a ver que muchos toman esto en serio. Muchos se han preparado para reunirse hoy y participar plenamente en esta Eucaristía.

Esta es la verdadera procesión de entrada, procedente de todas direcciones, hecha de personas de todas las edades, de varias razas, de un sinnúmero de circunstancias económicas y de puntos de vista políticos y¡por lo menos se hablan tres lenguas maternas! Pero todos forman parte de una gran procesión: la Iglesia, reuniéndose en la casa de la Iglesia. "Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor", "We shall go up with joy", o, como acostumbrábamos decir, tomándolo del Salmo 43, "Introibo ad altare Dei". En camino al altar de Dios, muchas de estas personas pasan por la gran pila bautismal y toman agua de ella, tal vez recordando su propio Bautismo. Estas personas entran a la liturgia marcadas con el agua del Bautismo, marcadas con la cruz de Cristo, en cuyo Cuerpo nos transformamos gracias a las aguas bautismales(CIgC:1267).

A las 9:45 el coro está reunido y empieza un breve pero serio ensayo, reafirmando lo que se practicó la tarde del miércoles pasado. Este calentamiento de voces dura hasta pocos minutos antes de que la liturgia empiece; hacia el final muchos se unen a los cantos en esta iglesia que ahora está llena en sus dos tercios. El presidente ya está revestido y espera, junto con los acólitos y lectores, cerca de la entrada principal, sumándose a la bienvenida que dan los acomodadores (ushers). Estos últimos, sabiendo que la iglesia se llenará, están haciendo todo lo posible por hacer que se ocupen primero las bancas cercanas al altar. Hacen un esfuerzo especial para que los papás con niños muy pequeños queden en las primeras filas (en las cuales hay sillas más cómodas).

De igual modo, los acomodadores invitan a todos aquéllos que puedan tener dificultades en la procesión de la Comunión, para que ocupen un lugar en aquellas áreas en que hay espacio para sillas de ruedas. Los acomodadores notifican a cualquier persona que venga por primera vez con niños en edad preescolar, que se ofrece el servicio de cuidarlos o que, pueden tenerlos consigo (ciertamente no es apropiado tenerlos en un cuarto separado). El sacristán ha invitado a los que llevarán las ofrendas a que lleven el pan y el vino al frente en el momento adecuado y está ahora revisando la "lista de lo necesario para la Misa Dominical", antes de unirse a la asamblea. Los "responsables" (sponsors) y los catecúmenos se reúnen y se sientan en las primeras filas, en una sección de la iglesia.

Aunque la gente es especialmente acogedora y amable entre sí, esto no se hace de manera que se dé a entender que una persona es el anfitrión y otra el huésped. Todos están en casa.

Faltando un minuto para las 10:00, el cantor saluda a la asamblea y le pide que preste un momento de atención al himno que se usará este día como himno de salida. En cuanto terminan este pequeño ensayo, el cantor anuncia el número del himno del canto de procesión, después permanece en silencio por un momento, indicando a todos que se pongan de pie mientras los músicos empiezan a guiar a todos en el canto del himno de alabanza, que parece que se va construyendo verso a verso. La procesión de los acólitos, con la cruz y los ciriales, de los lectores (uno de ellos sostiene el Leccionario en alto), y del presidente, espera al fondo de la asamblea hasta que empieza la segunda estrofa, después avanza lentamente. Para entonces, cada ministro, inclusive el presidente, está cantando.

En Nuestra Señora de los Ángeles, la renovación colocó a la gente en los tres lados del área en que se encuentran el altar y el ambón, para que un mayor número de miembros de la asamblea pueda participar más plenamente junto con los otros miembros de la asamblea. Hace un año que se acostumbra que, una vez que empieza el canto de entrada, la gente que se encuentra a ambos lados del pasillo central, se oriente hacia el pasillo hasta que la procesión haya pasado. De hecho, al volcarse los unos hacia los otros, se han hecho conscientes de la presencia de los demás, conforme la Iglesia empieza su liturgia. El saludo de la paz, que vendrá más tarde, sellará de algún modo esta comunión, este sentido de ser, no individuos, sino la Iglesia reunida que ofrece su alabanza, acción de gracias, súplicas y peticiones ante Dios.

Mientras continúa el canto, el presidente saluda el altar con un beso. Desde la sede, sigue cantando con la asamblea. Cuando termina el canto, todos hacen la señal de la cruz: todo lo hacemos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Mirando a la asamblea, el presidente intercambia con ellos el saludo. En dos o tres bien preparadas frases, invita tal vez exhorta sería una mejor palabra a la asamblea a entrar bien en esta liturgia. Tiene cuidado de no hablar de algún modo que pudiera implicar que ésta es su liturgia o que las personas reunidas allí son huéspedes. Ninguna de las cosas que dice trivializa lo que está a punto de iniciarse aquí.

Los ritos por los cuales la comunidad se reúne son bastante simples en estos domingos del Tiempo Ordinario, en comparación con la manera en que la parroquia inicia su liturgia durante los tiempos de Adviento y Navidad, Cua resma y Pascua. Todo el año, sin embargo, estos ritos concluyen cuando el presidente invita a todos a la oración: "Oremos/Let us pray". Y en respuesta, un silencio. Este silencio es lo suficientemente largo como para dejarse penetrar por él y, como los cantos, es algo que crea a la Iglesia. El presidente ha estado orando por su lado con esta oración de entrada toda la semana, y ahora la proclama en forma clara y comprensible. El fuerte "Amén" habla de que la asamblea ha escuchado.

Cuando la gente de Nuestra Señora de los Ángeles se sienta, se percibe la sensación de que en todos estos momentos desde que sonó el despertador hasta este Amén el Espíritu los ha traído a un lugar: al espacio de culto llamado "iglesia", y aún más, a la Iglesia misma, a la asamblea que orará aquí, no como muchos individuos sino como el Cuerpo de Cristo.

La liturgia de la Palabra

Todos los lectores de la Escritura saben lo que tienen que hacer. Saben que estas lecturas podrían ser leídas privadamente por cada individuo, pero que esta lectura pública es algo totalmente diferente. Hace dos años que ya no hay misalitos para que la asamblea siga la lectura, aunque a la entrada hay misales dominicales para los sordos y para aquéllos que hablan un idioma distinto del que se usará en esta Misa. La asamblea presta toda su atención al lector.

Estos lectores han estado trabajando con la parte de la Escritura que les fue asignada durante los últimos días. Su manera de entenderla puede variar, pero ellos abren este Leccionario y lo leen, conscientes de que esta iglesia está llena de gente con hambre de la Palabra de Dios.

Los lectores han tomado tiempo para escuchar de nuevo palabras antiguas, para dejar que las imágenes de la Escritura se reflejen en sus vidas y se mezclen con ellas. Cada uno de ellos ha encontrado algo que atesorar de cada lectura, algo por lo cual apasionarse. Pero también saben cómo comunicar su pasión sin llamar la atención hacia su persona. La asamblea está escuchando la Palabra de Dios. Es patente que la principal actividad que se está dando a lo largo de estas lecturas es la de escuchar bien. ¡Y qué tesoro representa esto! La liturgia la Palabra de Dios proclamada y la Palabra de Dios escuchada­ está siendo asumida por la asamblea, y cuando dicen "Demos gracias a Dios/Thanks be to God", realmente lo viven. Cada domingo, las Sagradas Escrituras han sido abiertas y leídas en voz alta. La escucha y proclamación de la Palabra de Dios será el cimiento de todo lo demás que esta Iglesia haga (Leccionario, Introducción: 1 & 10; o Instrucción General para el Uso del Misal Romano: 8).

Un silencio sigue a la primera y segunda lecturas en Nuestra Señora de los Ángeles y nuevamente se tiene después de la homilía; este silencio dura cerca de un minuto. La gente está acostumbrada a él y sabe qué hacer con él. Todos le podrán decir: deje que la lectura encuentre un eco en su corazón, tome una palabra o una frase, saboréela, coloquése ante ella. Este se vuelve un tiempo muy tranquilo. Los bebés hacen ruido pero la gente no se distrae.

El salmo después de la primera lectura es casi una extensión de este silencio. Nadie necesita libro porque la parroquia usa un repertorio de unos doce salmos y cada año aprenden uno o dos más de los cuales todos pueden cantar de memoria la respuesta. El cantor de esta Misa, como los demás cantores de Nuestra Señora de los Ángeles, sabe que la gente quiere escuchar las palabras. Una buena articulación es tan importante como una buena voz. Algunas veces, los homiletas han tomado el salmo, y especialmente su respuesta, para la homilía. Algunas veces, los textos aparecen en el boletín parroquial, con la sugerencia de que esos salmos sean usados para la oración en el hogar. De estas maneras y de otras (la oración vespertina en algunos tiempos litúrgicos, por ejemplo), la gente de Nuestra Señora de los Ángeles está empezando a conocer el libro de oración más antiguo de la Iglesia: el Salterio.

Otro lector pasa al frente para la segunda lectura y, de nuevo, hay un silencio. Y no hay nada de indiferencia en la procesión que empieza ahora: el aleluya se canta para moverse con él, para procesionar con él; el aleluya acompaña a los acólitos que llevan los ciriales, al que lleva el incienso y al presidente, que lleva el libro mientras avanzan por en medio de la asamblea, dirigiéndose al lugar de la proclamación.

Alguien que asiste con regularidad a la iglesia sabe, después de una o dos frases, si el homileta trabajó lo suficiente para preparar la homilía. Este domingo y cada domingo en Nuestra Señora de los Ángeles, lo que se espera no es sólo que el predicador haya trabajado en esta homilía, sino que también lo hayan hecho las diez o más personas que se reúnen cada semana, digamos los lunes en la noche, para leer las Escrituras que se leerán en las semanas próximas, para orar con ellas y comentarlas. Los homiletas se comprometen a asistir, lo mismo que los lectores. Algunas veces, en estas reuniones de los lunes en la noche revisan brevemente la homilía del día anterior. Se ha hecho un notable progreso desde que se inició esta práctica, aunque algunas semanas son mejores que otras. Hace dos años, el equipo parroquial, el consejo parroquial y los homiletas hicieron un pacto: los homiletas emplearían un tiempo apropiado para preparar la homilía (incluyendo la reunión del lunes en la noche), y el equipo y el consejo encontrarían modos de asumir otras responsabilidades parroquiales y pastorales, liberando así a los sacerdotes.

Otra cosa es evidente esta mañana: el hábito de escuchar es la base para lograr la mejor predicación. Y esta asamblea sabe escuchar.

Escuchar no es un momento aislado. Es una manera de vida. Implica apertura a la voz del Señor, no sólo en las Escrituras sino también en los eventos de nuestra vida diaria y en la experiencia de nuestros hermanos y hermanas. No se trata de mi escucha sino de nuestra escucha conjunta de la Palabra de Dios a la comunidad (Fulfilled in Your Hearing, # 20).

Aunque no hay un tiempo fijo en cuanto a la duración de una homilía, cerca de diez o doce minutos parece ser lo mejor, tanto para los homiletas como para los oyentes en este Domingo del Tiempo Ordinario. Y los homiletas saben que toma tiempo preparar una homilía de diez o doce minutos bien enfocada.

Después de un minuto de silencio más o menos, terminada la homilía, cinco catecúmenos (que esperan ser llamados al Bautismo la próxima Pascua) y siete candidatos (que en Pascua serán recibidos a la plena Comunión), son despedidos para que continúen estudiando las Escrituras. Dos catequistas se van con ellos. La asamblea ve a estas personas semana a semana durante un año o más. Ellos son ya parte importante de esta comunidad parroquial.

El Credo es un fuerte, poderoso sonido, como un canto. Pocos necesitan leer las palabras pues el ritmo los va llevando. Después, la Liturgia de la Palabra termina con una oración de intercesión. Ahora ya no se trata de una lectura gris de textos insípidos, con una débil respuesta de: "Te lo pedimos Señor/Lord hear our prayer", después de cada una. Actualmente, el cantor canta las intercesiones. Los textos son cortos y fuertes. Sólo unos cuantos se renuevan cada semana, y estos reflejan una imagen o idea de las Escrituras del día o de las noticias de la semana. La asamblea está implicada en este intercambio rítmico con el cantor. Podemos creer que estas personas están orando con regularidad en sus hogares por el mundo y la Iglesia, por los enfermos y los difuntos. El diálogo del cantor y la asamblea muestra que esta parroquia está unida ante el Señor, pidiéndole que la escuche.

La liturgia de la Eucaristía

Todos se sientan para recogerse y centrar su atención en la mesa del Señor, que ahora está siendo preparada reverentemente, colocando la patena con el pan, el cáliz, y un gran recipiente con el vino. Nada distrae del poder que emanan el pan y el vino en sus recipientes sencillos. El domingo pasado, el coro cantó, pero hoy todos permanecen en silencio mientras se prepara la mesa. Los acomodadores hacen la colecta. Más de una vez durante los años pasados, los homiletas han hablado acerca de la limosna dentro de la tradición católica, destinada tanto a la Iglesia como a los pobres. Estas han sido homilías, no "pláticas para recaudar fondos", en las cuales las Escrituras o algún otro elemento de la liturgia del día sugería que la asamblea considera ra su misión, sus responsabilidades y lo que significa confiar en Dios. El boletín de la parroquia da regularmente cifras para apoyar los dos aspectos de la misión de la parroquia: cuidar de los pobres y de la Iglesia. Escribir un cheque o traer dinero es una obra litúrgica vital para reforzar el significado de la liturgia de ser la raíz de todo, de ser una obra hecha por el pueblo, en beneficio de la comunidad total (CIgC:1070).

Algunos miembros de la asamblea, designados para ello, llevan entonces al presidente los dones de ésta en procesión; él los recibe como acción de gracias, como la ofrenda sacrificial personal del pueblo de Dios (CIgC: 1350, 1351).

Después de la Oración sobre las Ofrendas, empieza la Oración Eucarística.

Nos encontramos en el centro de la oración católica, y ese centro es Eucarístico. El presidente hace la antigua monición: "Levantemos el corazón", invitando también a alabar al Señor y a darle gracias. El diálogo es cantado, en voz alta y fuerte, alternando, de manera de hacer ver que lo que va a suceder requiere la plena y activa participación de todos. La postura del presidente y sus gestos suscitan esta participación, así como también la modulación de su voz en el diálogo y en la proclamación.

Esta participación en la Oración Eucarística ha sido el mayor cambio que ha habido en Nuestra Señora de los Ángeles. La parroquia siempre se esforzó por tener buen canto y buenos lectores. Pero la Oración Eucarística no se beneficiaba de ello. La gente recitaba, "Lo tenemos levantado hacia el Señor", y en cambio cantaba el "Santo, Santo". Pero durante años lo único que se podía decir acerca de la Oración Eucarística era que "el sacerdote hace la consagración". Ahora los parroquianos pueden hablar de la experiencia que representa el estar cantando juntos las alabanzas de Dios, pueden ver en qué medida sus vidas necesitan estar llenas de acción de gracias, y reconocen que su presencia mutua en esta mesa es un testimonio de la amplitud de la Iglesia en el tiempo y en el espacio; es una santa comunión. Pueden hablar acerca de la solidaridad de unos con otros, más allá de cualquier línea divisoria. Pueden hablar del sacrificio y del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo que se recuerda y realiza aquí, conformando poderosamente sus propias vidas. Ante todo, pueden hablar de cómo el Espíritu Santo es invocado para transformar estos dones y a ellos mismos. Y así, ellos están hablando de la presencia de Cristo en los sencillos dones del pan y del vino, y en el misterio que es esta Iglesia (CIgC:1352-1354).

Un gran misterio se refleja en los rostros y en las posturas, en el canto y en el silencio, los gestos y las palabras. Todos están atentos, los cuerpos están tan implicados como los corazones. Es, claramente, el momento central de esta reunión del Día del Señor. Sobre el altar y sobre los dones del pan y el vino, se recuerdan todas las obras de salvación de Dios; todo es ofrecido en alabanza a Dios, todo es pedido a Dios. La sensibilidad católica hacia el Sacramento, hacia la presencia de Dios, nunca es más alegre, nunca más exigente. Necesi tamos cuidar que al decir "Eucaristía" con el pensamiento o con la palabra, estemos refiriéndonos a esta acción total del presidente y de la asamblea. Esa es la Eucaristía, cuya gracia y poderoso misterio puede transformarnos a nosotros y, en nosotros, al mundo (CIgC:1368).

El presidente canta la mayor parte de la Oración y las respuestas son las mismas la mayoría de los domingos del año; son cantadas con melodías que pueden acompañar a la liturgia semana a semana. El intercambio entre el presidente y la asamblea fluye suavemente, ya que la proclamación y la aclamación están entretejidas. La Oración dura sólo cuatro o cinco minutos, pero, por su intensidad, es claramente el centro de esta reunión dominical. Como se decía hace mucho tiempo, la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia. Y de eso es de lo que participamos el domingo en la mañana. Con razón, cuando concluye el gran "Amén", puede uno sentir como un suspiro colectivo, un respiro profundo.

El canto del Padrenuestro lleva entonces a la asamblea hacia la Sagrada Comunión. El saludo de la paz no es prolongado, pero tampoco es negligente. La gente parece mirarse mutuamente a los ojos. Se dan la mano con firmeza o se abrazan. Cuando el presidente eleva un Pan consagrado grande para partirlo, el cantor empieza la letanía "Cordero de Dios/Lamb of God", que nos acompañará hasta que todo el Pan esté partido y el Vino consagrado servido en los cálices para la Comunión, "Dones santos de Dios para el pueblo santo de Dios".

La Sagrada Comunión en Nuestra Señora de los Ángeles es una procesión; ésta es una práctica que los parroquianos han trabajado mucho por adquirir. Hace dos años, fila tras fila, desde el frente hasta atrás, la gente se iba formando para la Comunión. Durante el tiempo pascual, los homiletas hablaron y después de la Misa también lo hizo la gente acerca de lo que la Comunión significa. La clave era revelar la admiración y el agradecimiento que los católicos sienten hacia el Cuerpo de Cristo: el Pan y el Vino consagrados y la Iglesia. Ambos tienen el mismo nombre. ¿Qué significa que el Cuerpo de Cristo avance para recibir el Cuerpo de Cristo? El sentido de una Iglesia en procesión ha pasado a sustituir la idea de individuos formando una fila. Por ejemplo, los primeros en pasar al frente ya no son los la de primera banca; más bien, los de las bancas de atrás empiezan la procesión, de modo que todo el espacio parece estar rodeado por una procesión de gente. Aquí hay una Iglesia compartiendo un banquete sagrado.

La invitación a la Comunión: "Este es el Cordero de Dios", y la respuesta de la asamblea, son seguidos inmediatamente por el inicio del canto procesional de Comunión. En este momento, la procesión se está moviendo es decir, los ministros de la Comunión están en los sitios de la Comunión, empezando a dar la Comunión a la asamblea.

Los ministros ordinarios y extraordinarios de la Eucaristía de este domingo son una muestra de la diversidad de la comunidad: mujeres y hombres, jóvenes y viejos, de diferentes razas, antecedentes y circunstancias. Ellos no tienen prisa, como tampoco la tiene la asamblea. Sin embargo, parece haber suficientes ministros, de modo que la procesión se sigue moviendo, a la vez que cada individuo es tratado con reverencia: los ministros miran a cada persona a los ojos y dicen, sin apresurarse: "El Cuerpo de Cristo/The Body of Christ", "La Sangre de Cristo/The Blood of Christ". Cada persona tiene tiempo de contestar "Amén". Los ministros, también sin prisas, colocan entonces el Cuerpo de Cristo en la lengua o en la mano de los comulgantes, y dan a beber la Sangre de Cristo.

El canto que es entonado durante la Comunión es apto para procesionar: nadie necesita leer las palabras porque sólo se usan seis o siete cantos de Comunión durante el año. Y son apropiados para el movimiento y para el momento. Cada uno es cantado con la suficiente frecuencia como para ser familiar para todos, ya que tienen una melodía y unas palabras que se ven favorecidas por la repetición. El único canto de Comunión de este domingo continúa hasta que el presidente y la asamblea se sientan después de haber comulgado.

Se necesitaron varios años antes de que la mayoría de la asamblea recibiera tanto la Sangre de Cristo como el Cuerpo de Cristo. Tal vez esto se logró debido al espíritu de invitación, un espíritu que reconoce que beber de este cáliz de Vino consagrado es algo que cada uno de nosotros necesita para saciar su sed, que este acto de beber complementa el de comer del Pan consagrado. Con el tiempo, la asamblea empezó a asimilar las sencillas palabras: "Tomad y bebed todos de él".

Tal vez debido a que la asamblea de Nuestra Señora de los Ángeles ha descubierto claramente cómo ha de vivir la Oración Eucarística de un modo tan consciente e intenso, todo su Rito de Comunión es tan imponente desde la Oración del Señor hasta el tiempo de quietud y silencio, después de que todos han comulgado. El pueblo está resuelto a trabajar arduamente en la liturgia, es cautivado por el canto, por la procesión y hasta por el silencio. Estar con ellos es tener el conocimiento profundo de que somos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Estar con ellos es aprender cómo vivir en este mundo con reverencia, con un amor de Dios que se encarna en la manera como hablamos con otros, como nos movemos dentro de la santidad de la materia y del tiempo.

Debemos recapturar el gran poder del silencio en nuestras liturgias dominicales. Con demasiada frecuencia se ha dado la impresión de que una liturgia bien celebrada debe estar llena de sonidos: oraciones, cantos, discursos considerando que el silencio es un vacío que debe ser evitado a toda costa. Pero hemos llegado a aprender que todos necesitamos el don del silencio en la liturgia, de principio a fin, para poder entrar más plenamente en el misterio de la muerte y resurrección del Señor Jesús. El silencio y quietud que reinan en la iglesia se vuelven una maravillosa mezcla de oración personal y comunitaria.

Ante todo, Nuestra Señora de los Ángeles ha aprendido que la constante experiencia de un ritual en el cual se participa puede ir llevando a la Iglesia de domingo en domingo. La gente no quiere que se le entretenga, ni quiere ser pasiva. Quiere obtener energía para la ardua pero exquisita obra que es la liturgia, alabando y dándole gracias a Dios, recordando sus obras de salvación, intercediendo por el mundo. Estos deseos aparecen con mayor claridad cuando la gente entra en el espíritu de la Oración Eucarística y toma parte en el Banquete Pascual. ¡Qué admirable testimonio de la obra inspirada por el Espíritu del Vaticano II!

La despedida

En Nuestra Señora de los Ángeles, este domingo los avisos son una transición entre el tiempo final de paz y tranquilidad de la Comunión y el envío. Las varias actividades de la semana son anunciadas, luego todos se ponen de pie y el presidente da la bendición y los despide. Un canto de conclusión anima profundamente el envío y acompaña la procesión de salida. Esta es la verdadera procesión de esta Iglesia: uno, dos o cinco a la vez, todos regresan a sus vecindarios y hogares, a desempeñar sus papeles y trabajos, sus estudios y servicio. ¡Y esto, de domingo en domingo está transformando el mundo en Cristo!

Visitando de parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles

He tratado de describir todo lo que hace que la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles respire y practique su vida en Cristo. La descripción tuvo que ser detallada para poder transmitir todo el contenido. No he esbozado la forma en que quiero que la liturgia se desarrolle en todas las parroquias de nuestra Arquidiócesis dentro de tres años. Fíjense bien en lo esencial. Los detalles son importantes, porque los detalles son algo que tiene gran relieve dentro de la liturgia; los descritos en esta Carta son los detalles de Nuestra Señora de los Ángeles. Los detalles de sus parroquias serán diversos, pero cada parroquia debería intentar llegar a tener esta belleza e intensidad cada domingo.

Cómo logarlo

"¿Cómo podría sobrevivir sin la Misa dominical en mi parroquia? He de estar en mi parroquia los domingos. ¡Me necesitan!" Eso es lo que la obligación dominical debe significar para nosotros, y esto es lo que espero que llegue a ser la vida católica conforme avanzamos urgentemente en este proceso de renovación.

Quiero que la gente se apasione por lograr una Liturgia dominical realmente vital en cada parroquia de nuestra Arquidiócesis. Y yo apoyaré las diferentes formas de hacerlo, haciéndome responsable de proporcionar entrenamiento y guías de apoyo. El entusiasmo por esta obra, que es una bendición del Espíritu Santo, debe ser muy grande.

Yo personalmente y a través de las agencias de la Arquidiócesis, me aseguraré de que los sacerdotes y demás personas responsables de la liturgia de la parroquia reciban lo que necesitan para poder dirigir a los demás hacia esa liturgia vital.

Pero hay una cosa que debe venir de ustedes, los fieles de las parroquias. Por favor, den todo tipo de apoyo a sus sacerdotes para que aprovechen las oportunidades de formación en liturgia que les ofrecemos. Los sacerdotes deben saber que los fieles de sus parroquias consideran bien empleados el tiempo y el dinero invertidos en esto, y que sus parroquianos quieren lo siguiente, que sólo puede venir de sus pastores:

  • Una mejor presidencia: ¿Cómo pueden mejorar los sacerdotes el papel que desempeñan en la liturgia dominical?
  • Una mejor predicación: ¿Cómo pueden los sacerdotes mejorar el contenido y la forma de predicar la homilía del domingo?
  • Un mejor liderazgo: ¿Cómo pueden los sacerdotes mismos ser líderes y trabajar con seguridad con otros líderes de la parroquia para conducir a toda la parroquia a lograr el tipo de Liturgia dominical que he descrito?

Los dos primeros puntos son específicos, y proporcionaremos ayuda de varios tipos en ambas áreas, conforme se vaya necesitando.

Pero el tercero es lo que nos ha faltado, y sin embargo es el factor más determinante para que la renovación de la liturgia eche raíces. Un mejor liderazgo implicaría lo siguiente:

  • enseñanza acerca de la liturgia
  • una predicación que tome seriamente la experiencia litúrgica de la asamblea y que desarrolle esa experiencia; y
  • ante todo, buscar en la liturgia la propia espiritualidad profundamente católica y el mismo modelo de una vida católica.

Les pido que apoyen a sus sacerdotes conforme nos vayamos adentrando en estos temas durante los próximos años. Esto se vuelve más complejo cuando nos enfrentamos al número decreciente de sacerdotes ordenados y a la cantidad de parroquias que tienen hasta doce Misas dominicales en espacios aglomerados. No existen soluciones simples, pero estas circunstancias no son ra zón suficiente para retrasar la renovación de la liturgia. En muchas parroquias el primer paso podría ser darle un puesto en el equipo de la parroquia al director de la liturgia. Podría ser más efectivo buscar este objetivo tomando en cuenta a las parroquias por pares o por grupos. Este puesto en el equipo parroquial no debería segregar más las diversas actividades parroquiales (escuela, educación religiosa, atención a los alejados [outreach]), sino más bien ser ocasión de un logro especial en cuanto a la cooperación y a la comprensión acerca de cómo la liturgia atañe a todo el equipo y es su vida misma.

Conforme se desarrolla la formación del clero a fin de entrenarlo para una mejor presidencia, predicación y liderazgo, ustedes tendrán el reto de hacer lo que sólo ustedes, los miembros bautizados de la parroquia, pueden y deben hacer si queremos realizar la visión del Vaticano II. Yo les pediría que consideraran su propia participación de los modos siguientes:

1. Su derecho, su deber.

Vengan el domingo conscientes de su dignidad: en el Bautismo, ustedes se revisten de Cristo. Ustedes son el Cuerpo de Cristo. El Vaticano II, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, dijo que "la plena, consciente y activa participación de todos los fieles" (#14) era "el derecho y el deber" de todos los fieles, debido a su Bautismo.

Han pasado más de tres décadas para que esta profunda visión haya sido llevada a la práctica. La mayoría de nosotros nos conformábamos con menos de lo que se pretendía: estábamos contentos cuando una parroquia tenía buen canto, y cuando los ministerios de lector y de la Comunión eran bien realizados.

Pero el buen canto y el buen desempeño de los ministerios no son suficiente. Ustedes los bautizados tienen deberes que están comprendidos en esa clase de participación que el Concilio llama "plena", "consciente" y "activa". Cuando consideramos la Liturgia dominical en Nuestra Señora de los Ángeles en el año 2000, podemos darnos una idea de cada una de esas cualidades.

Una participación "plena" nos lleva a la liturgia en cuerpo y alma, con todas nuestras fuerzas. Esto empieza mucho antes de la liturgia, haciéndonos conscientes de que la Misa dominical no es simplemente una cosa más en la lista de las cosas "que debemos hacer". Los fieles de Nuestra Señora de los Ángeles viven el tiempo de la liturgia como el más importante. No se limitan a evitar que nada interfiera con el tiempo de la Misa sino que le dan lugar a ésta en sus vidas. Se han formado algunos buenos hábitos: tal vez, releer las Escrituras, o ayunar hasta la Misa, o no distraerse en las primeras horas del domingo. Vienen a Misa siendo conscientes de su responsabilidad consigo mismos, con los demás y con Dios. Como quieren que el sacerdote, el coro y el lector se preparen, saben que ellos mismos deben estar preparados para ser buenos miembros de la asamblea.

"Participación plena" significa también que una persona bautizada no se distrae durante la liturgia. Nuestro deber no es sólo estar presentes; nuestro deber es estar completamente presentes. Los cantos son para cantarse, las Escrituras para ser escuchadas, el silencio para reflexionar, las preces para suplicar, la Oración Eucarística para una gran acción de gracias, la Comunión para satisfacer todo tipo de hambre y sed al compartir juntos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y la despedida es para salir a amar al mundo como lo hace Dios.

Además, nuestra participación debe ser "consciente". Debemos participar con gran apertura en el canto, en las procesiones, en los gestos, en las palabras y silencios de la liturgia. Participación "consciente" es abrir todo nuestro ser ­cuerpo, mente y espíritu a lo que hacemos en la liturgia. Nos ponemos de pie conscientemente y con atención. Si acercamos las manos para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, lo hacemos con dignidad, conscientes de nuestra hambre y del hambre del mundo, y de la bondad de Dios.

Otra forma de ser "conscientes" en la liturgia es ser conscientes de nuestro Bautismo. Venimos en el Día del Señor a la mesa de la Eucaristía porque hemos sido sumergidos en las aguas del Bautismo. Puesto que hemos muerto a nuestro viejo yo y hemos renacido en Cristo, nos reunimos en el domingo, no como personas aisladas sino como la Iglesia, con toda su diversidad de culturas, lenguas y razas. Esto es difícil para aquellos que están acostumbrados a considerarse a sí mismos como individuos autónomos empleados, personas que pagan sus impuestos, ciudadanos. Pero aquí, la liturgia es celebrada por la Iglesia reunida en asamblea.

Cultiven, pues, la profunda convicción de que no son muchos individuos los que están aquí, cantando, sino la Iglesia. No son individuos los que avanzan hacia el altar, sino la Iglesia. Ni siquiera son individuos los que salen a vivir de la Palabra que escucharon, y del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que comieron y bebieron. Es la Iglesia, que se extiende como levadura en medio del mundo, que Dios ama. Esta es tal vez la parte más difícil de la renovación.

"Activa", es la tercera cualidad de la participación de la persona bautizada. Por favor no entiendan "activa" como lo contrario de "contemplativa". Algo de nuestra actividad en la liturgia es la contemplación. Una parte de la genialidad del Rito Romano es que supone una belleza en la cual nuestros espíritus se pueden recrear. Si hemos considerado con demasiada frecuencia "activo" como sinónimo de "ocupado", consideremos la liturgia de Nuestra Señora de los Ángeles y advirtamos cómo la riqueza del silencio, así como la poderosa lectura de la Escritura, y la predicación y el canto de los salmos favorecen nuestra contemplación.

Una participación "activa" también nos pide prestar atención a los demás, nos llama a cierto tipo de presencia. Esto es crucial para lo que es en sí misma la Liturgia católica. Esta atención a los demás tiene por lo menos dos manifestaciones:

Primera, no estamos aquí para hacer nuestra propia oración mientras que todas las demás personas en la iglesia hacen al mismo tiempo su propia oración. Somos bautizados, compartiendo con otros bautizados. Nuestra acción de gracias es la acción de gracias de la Iglesia. Nuestra atención a la Palabra de Dios es la atención de la asamblea. Nuestra intercesión es la intercesión de la Iglesia. El misterio de nuestra transfiguración en Cristo es la del cuerpo total de los bautizados transfigurados (CIgC:1136-1141).

Para crear solidaridad, fíjense en dónde se van a sentar y den buen ejemplo. Vayan tan cerca como sea posible de la mesa Eucarística. Vayan al centro de la banca y siéntense cerca de alguien, dejando lugar para otros junto a ustedes. El Cuerpo de Cristo tiene que ser visible, audible, tangible. El Papa Juan Pablo II pidió recientemente a los obispos que velen por la calidad de los signos por medio de los cuales se realiza la liturgia, y enfatizó que "el primer signo es la asamblea misma La actitud de cada uno cuenta, ya que la asamblea litúrgica es la primera imagen que de sí misma da la Iglesia" (8 de marzo de 1997. Alocución a los obispos de Francia).

Segunda, participación "activa" significa estar conscientes de que en la liturgia nunca excluimos al resto del mundo. La liturgia nos enseña a vivir según el Evangelio y cómo estar en el mundo. La moralidad católica, la forma en que manejamos la justicia y la caridad día con día en las cosas grandes y pequeñas, debe encontrarse y descubrirse a partir de nuestra participación activa en la liturgia.

2. Ministerios.

La liturgia en la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en el verano del año 2000 no tiene ministerios que nosotros no tengamos ahora. Este es un punto de la renovación del Vaticano II que las Iglesias de nuestro país han tomado muy en serio. Es obvio que muchos ministerios son realizados mejor por miembros de la asamblea que tienen el talento y el entrenamiento para hacerlos bien.

La clave de los ministerios es la asamblea: los ministros que he imaginado en Nuestra Señora de los Ángeles han sido y continúan siendo miembros ejemplares de la asamblea por su participación plena, consciente y activa. Ellos entienden lo que significa pasar al frente y proclamar una lectura, administrar la Sagrada Comunión o cantar en el coro. Las parroquias podrían fijar un límite en cuanto al número de años que una persona sirve en determinado ministerio, pidiéndole a cada persona que descanse un año después de cuatro o cinco años de tener un determinado ministerio. Este límite les recordaría su papel principal como miembros de la asamblea.

Entonces, el mejor esquema será el que manifiesta a la asamblea entera como el cuerpo que actúa esta liturgia, de forma que los ministros vienen más bien de la asamblea en lugar de sentarse aparte, como un grupo separado. Muchos de nosotros recordamos cómo vivíamos creyendo que la liturgia era simplemente la obra del sacerdote. Ahora hemos empezado a comprender cómo la Iglesia reunida, el Cuerpo de Cristo, celebra la liturgia junto con el presidente. ¿Cuál es, pues, el ministerio del sacerdote ordenado en la Misa dominical?

En nuestra tradición católica, aquél que es llamado por la Iglesia al orden de los presbíteros debe ser, en su comunidad local parroquial, como la presencia del obispo. Para nosotros, el obispo se mantiene siempre en una relación directa con cada parroquia de la diócesis. él es también nuestro nexo con la Iglesia católica del resto del mundo y con la Iglesia de todos los tiempos. Pero el obispo, desde los primeros siglos de la Iglesia, ha impuesto las manos sobre otros miembros dignos de la Iglesia y los ha enviado para que sean su presencia en las comunidades dispersas por varios lugares. El domingo, el que preside, el sacerdote ordenado, viene no sólo como lo hacen los otros ministros de la asamblea, sino que viene como el que "ordena" esta asamblea, el que une esta asamblea al obispo y a la Iglesia total.

Siendo congruentes con nuestro espíritu católico, entendemos que los lazos de unión de nuestra Iglesia son más cuerpo y sangre que teoría y teología. Aquí, en este ser humano, está nuestro nexo con el obispo y con las otras comunidades, a través del mundo y de los siglos.

3. Pasos que pueden darse.

Le pediré a los sacerdotes y a los demás dirigentes que empiecen a prepararse ellos mismos y a sus parroquias, a fin de hacer grandes progresos para el año 2000 en nuestra Liturgia dominical. A continuación vienen varios hábitos que todo católico que asiste a la iglesia con regularidad puede empezar a cultivar y que nos unirán en una práctica litúrgica vitalizadora, domingo a domingo.

Personas que sirven a Dios a partir de la Liturgia dominical. Entérense qué Evangelio y qué cartas del Nuevo Testamento se están leyendo actualmente los domingos y úsenlas como lectura diaria. Traigan a las preces de la oración de los fieles del domingo todas sus intenciones; de allí, elijan personas a las cuales recordarán diariamente; cuando oigan las noticias acerca de la comunidad y del mundo, escúchenlas como cristianos que deben llevar a la oración las necesidades del mundo. Marquen el tiempo de levantarse y el de acostarse con la oración: la Oración del Señor, ciertamente, pero también algún canto o salmo tomado de los cantos o salmos de la Liturgia dominical de su parroquia.

Lleguen a ser personas que se preparan para la Liturgia dominical y para quienes la Liturgia dominical es una preparación para la semana. Ingéniense para encontrar modos que les puedan ayudar, lo más posible, a hacer del Día del Señor un día en el que la liturgia tiene su lugar.

Encuentren algún hábito para la mañana del domingo que les ayude a anticipar el estar juntos como Iglesia para realizar la liturgia. Escojan sólo una práctica constante que los haga tender hacia ese Reino de Dios que vislumbramos en la Misa: puede ser encontrando un modo de hacer más real la colecta que se hace en la Misa para la Iglesia y los pobres; o extendiendo la paz de Cristo que reciben cada domingo a otras personas que necesiten paz; o ayunando de comida o distracciones para llegar a sentirse realmente hambrientos de la Palabra de Dios y del banquete Eucarístico. En las comunidades étnicas encontraremos muchos ejemplos de prácticas que armonizan con la Liturgia dominical, como, por ejemplo, la bendición que se da a los niños, que es una costumbre tan apreciada por las familias hispanas.

En la liturgia, sean la Iglesia. ¡Dénse cuenta de la enorme responsabilidad que ustedes comparten para llevar a cabo esta liturgia! No se escondan; hagan su propia oración privada durante las demás horas de la semana. Dénse la bienvenida unos a otros, estén en paz unos con otros. Siéntense juntos. Canten con el corazón. No tengan miedo de mostrar, con su intensa atención, que están hambrientos de la Palabra de Dios cuando la leen los lectores, hambrientos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo cuando se adelanten a recibir la Sagrada Comunión. Den gracias y alaben a Dios con su gran atención a la Oración Eucarística. Mantengan los ojos abiertos hacia los demás y hagan todo lo que puedan para construir la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. Si el presidente o el homileta necesita ayuda, no lo critiquen, ayúdenlo.

Fuera de la liturgia, sean la Iglesia. Recuerden que siempre somos el Cuerpo de Cristo, siempre en comunión con los demás. Estén conscientes de que pueden pedirse ayuda unos a otros. Háganle saber esto a los demás. En los más sencillos quehaceres de la vida diaria, en el trabajo o en el hogar, sean conscientes de esta vida que compartimos en Cristo, de la alegría y esperanza que implica. No se separen de los demás, sino entiendan que nosotros, que somos la Iglesia, somos uno con los demás. En nosotros, Dios está llamando y bendiciendo y santificando el mundo, que Dios ama. Miren la liturgia como una preparación remota para su semana. El escuchar la Palabra de Dios el domingo en la mañana es una preparación para escuchar la Palabra de Dios en nuestras vidas durante la semana. La acción de gracias que proclamamos en la Plegaria Eucarística es una preparación para la acción de gracias en nuestras comidas y también en todo lo que hagamos. La mesa de la Sagrada Comunión que compartimos es una preparación para abrir nuestra mirada a todo el mundo.

Den gracias siempre. Bendigan y den gracias por todas las comidas, incluso cuando estén solos, con la tradicional oración "Bendícenos, Señor", o con una frase tan sencilla como "Demos gracias al Señor nuestro Dios; es justo y necesario". Canten cuando estén sentados a la mesa con otros. Si su oración de la mañana y de la noche no está permeada con alabanza y acción de gracias a Dios, enriquézcanla con versos y salmos y oraciones de nuestra tradición. (Por ejemplo, "Te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te da mos gracias por tu inmensa gloria" - "We worship you, we give you thanks, we praise you for your glory". O "Bendito seas por siempre, Señor" - "Blessed be God forever!". O parte del Salmo 148, o todo él). Cultiven momentos de contemplación, aun durante los momentos más ocupados del día, en los cuales la gratitud puede brotar ante la bondad de una persona, algún elemento de la creación o cualquier obra buena hecha por el hombre.

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