Archdiocese of Los Angeles
Fielmente en assamblea : Carta pastoral sobre el Eucaristía

Parte Segunda: Un mensaje para los sacerdotes y para aquéllos que son responsables de la Liturgia dominical

Agradecimiento

Este mensaje trata acerca de la Eucaristía, acerca de la oración de alabanza y acción de gracias del Domingo. Por consiguiente, primero doy gracias a Dios por la atención consistente que es dada a la liturgia por los sacerdotes de esta Arquidiócesis. Sin el liderazgo de ustedes, ¿sobre qué bases se sostendría esta Carta?

Muchos de ustedes, como yo mismo, se prepararon para el ministerio antes del Vaticano II. Lo que el Concilio nos ofreció fue algo maravilloso, pero difícil. Muchos de nosotros no entendimos con facilidad lo que la Constitución sobre la Sagrada Liturgia pedía de nosotros. Aquéllos que se prepararon después del Vaticano II han tenido que enfrentarse a varias interpretaciones y enfoques de la liturgia. Muchos de ustedes, que trabajan en esta Arquidiócesis, fueron preparados para su ministerio en otros países, en otras culturas y lenguajes, y han tenido que hacer muchos cambios. Si ahora les pido aún más, lo hago con todo mi agradecimiento.

Los invito a compartir esta gratitud mía con los que les han ayudado en las parroquias a construir la liturgia de la Iglesia.

Lo que sigue a continuación se dirige a ustedes como sacerdotes, y también se dirige a muchos que han asumido con ustedes la responsabilidad de la Liturgia dominical. Por favor sepan que yo mismo estoy comprometido en esta obra. Juntos llegaremos al Jubileo, haciendo lo que tendrá el mayor impacto en la Iglesia del próximo Milenio en nuestra Arquidiócesis.

Haré todo lo que pueda para apoyar sus esfuerzos por llevar a la práctica esta Carta en los próximos años. Pero, como siempre, el bien por hacerse ha de venir de todos los que trabajan a nivel parroquial. Por favor reflexionen en lo que estoy compartiendo con ustedes aquí. Espero que puedan hacerlo propio porque creo que la Iglesia de Los Ángeles tan magnífica como diversa, con sus muchos desafíos pero con innumerables bendiciones puede florecer con esta renovación.

Lideres que necesitan de la asamblea y la implican

Quiero ser claro: creo que estamos en un momento crucial de la renovación litúrgica de la Iglesia. Podemos desistir de ella, creyendo que lo que tenemos ahora es lo que la renovación pretendió, o podemos aprender del pasado de los errores y de los logros y seguir adelante. Quiero invitarlos a que avancemos todos juntos.

Hemos aprendido que la renovación de la liturgia no puede seguir un curso propio, separado de la renovación de la catequesis, del desarrollo de las Iglesias como lugares en donde se vive con justicia, y del fortalecimiento de nuestras parroquias como comunidades. No quiero decir con esto que sólo la liturgia tomará precedencia durante varios años y que posteriormente pasaremos a la educación religiosa, para luego dedicarnos a la atención a los alejados (outreach), y luego a las comunidades.

Más bien, nos enfocaremos a la liturgia, estableciendo metas y plazos fijos para su implementación. Pero pienso que así es cómo aprenderemos a hacer una catequesis buena y completa para niños, adultos, catecúmenos y bautizados. Y pienso que así es cómo llegaremos a ser un pueblo que ve claramente cómo vivir la justicia, tomando a la liturgia como nuestra constante fuerza e inspiración para vivir esa justicia. Y pienso que desarrollar nuestra práctica litúrgica es la única manera para que nosotros, como católicos, formemos nuestras comunidades parroquiales.

Hemos de tener en mente en estos años todos estos aspectos acerca de lo que es ser la Iglesia. Como líderes parroquiales, cualquiera que sea su especial habilidad o interés, trabajen juntos para lograr esa fuerza en la asamblea del domingo. Busquen y descubran cómo esa asamblea y no sólo los pocos que siempre participan puede abocarse a la evangelización y catequesis, a la justicia y a la atención a los alejados (outreach), al servicio mutuo en la comunidad. La implementación de esta Carta empieza y continúa cuando el pastor, el equipo parroquial, el consejo y el comité de liturgia comprenden cómo se relacionan estos aspectos de ser católico.

Las agencias de la Arquidiócesis y yo los apoyaremos, pero cada parroquia tendrá que desarrollar su propio enfoque. Para el verano del año 2000, ¿podremos todos habernos acercado a lo que es Nuestra Señora de los Ángeles? Creo que sí podemos, porque ya se ha hecho mucho en esa dirección. Nuestros logros en la preparación de ministros, comités de liturgia y coordinadores son notables. Tomemos estos éxitos como base.

Será necesario y útil fijar metas y programas, decidir acerca de los medios que se usarán para presentar una buena práctica litúrgica a la parroquia como un todo, y juzgar la práctica actual y ser realistas respecto a sus fallas.

¿Cómo ir desde donde estamos hacia una Misa dominical que se parezca más a la que describí en la Parte Primera: intensa, que nos vitaliza y se proyecta a nuestras vidas? La respuesta más básica es que hemos de empezar a creer que somos una asamblea que está celebrando y siendo transformada por la liturgia. Empecemos a creerlo y a actuar de ese modo.

Con mucha frecuencia nosotros, los que presidimos, hemos actuado como si fuera suficiente mantener atenta a la gente, darles un poco de inspiración, hacerlos sentirse mejor que cuando llegaron. Todo esto no está mal, pero tiene muy poco que ver con lo que la liturgia realmente es para los católicos y con lo que el Concilio fijó como línea de actuación para nosotros en el párrafo 14. Podemos aprender de lo que hemos hecho hasta ahora. No tendremos una renovación litúrgica mientras persista la idea de que unos hacen la liturgia y otros asisten a ella, de que algunos dan y otros reciben, de que algunos preparan y otros sólo llegan ahí.

Hemos de tener en la mente y el corazón la visión del Concilio de una Iglesia que puede, bajo una firme guía, llegar a una participación plena, consciente y activa, que sea la "fuente primaria, aún más, indispensable, de la cual los fieles obtengan el verdadero espíritu cristiano" (Constitución de la Sagrada Liturgia, # 14). ¿De qué otro modo podría esta Iglesia vivir sin ese espíritu? ¿Y dónde más puede encontrarse ese espíritu? Recibiremos con entusiasmo nuestra Tradición, celebraremos nuestros ritos, de domingo en domingo, de un tiempo litúrgico a otro, para ir siendo transformados poco a poco en católicos cuyas vidas son la expresión del propio amor de Dios hacia el mundo.

No perdamos de vista lo que viene implícito en el párrafo 14: la liturgia es liturgia cuando es la obra habitual de la Iglesia. Estas asambleas deben conocerla a fondo y completamente, como algo tan bello y profundo, que al ser repetido sólo aumenta nuestro amor por esta obra y nuestro crecimiento a partir de ella. A diferencia de lo que sucede con muchas otras cosas en nuestra vida moderna, la liturgia no es una diversión o un entretenimiento, no puede ser medida de acuerdo a ningún criterio de esos dos mundos. Es más bien una orquestación de palabra y silencio, de canto y gestos, de procesión y atención, que debemos conocer, perfectamente, de memoria.

Tenemos que enfrentar un primer obstáculo. Después del Concilio, en ninguna parte parecía saber la Iglesia institucional cómo hacer lo que la Constitución de la Sagrada Liturgia consideró como algo absolutamente esencial para la renovación: la condición de que los "pastores de almas, antes que nadie, quedaran totalmente impregnados del espíritu y la fuerza de la liturgia y lograran ser competentes en ella". No podemos continuar a menos de cumplir con este elemento fundamental. No tengo una respuesta única respecto al modo cómo debe hacerse esto.

Mi compromiso debe ser ofrecerle a todos los ordenados el desafío y las oportunidades de profundizar más en la liturgia, para descubrir por sí mismos en qué consiste el llamado del Concilio y así conducir a las parroquias a la renovación. Pero el objetivo de esta Carta no es la implementación mecánica de lo que viene a continuación. Esta Carta es un llamado a dejar que la renovación brote de nuestro propio sentido, disciplinado y atento, acerca de lo que es correcto en liturgia. No podemos sobrevivir otra generación de cambios externos sin un profundo amor hacia la liturgia y hacia la vida que encontramos en su celebración.

Hablaré de las "Cualidades del Presidente", de la "Catequesis para la Liturgia", de los "Retos" y de la "Implementación de un Programa". Los tres primeros temas representan las áreas en las que se necesita más trabajo. El cuarto trata de concretizar algunos pasos básicos. Estos pasos básicos pueden ser ofrecidos sólo gracias al trabajo que ya se ha hecho por parte de las parroquias, de la Oficina de Liturgia y de otras agencias de la Arquidiócesis.

Cualidades del presidente

Ningún tipo especial de personalidad hace a un sacerdote un buen o mal presidente. Algunos podrán tener más de los dones requeridos para esta tarea; otros tendrán que trabajar más arduamente para cultivar las disciplinas requeridas, compensando así los dones que les hacen falta. Tal vez no hemos prestado la atención que debiéramos a los dones que han de buscarse en un presidente o a la disciplina necesaria para desarrollar la habilidad de presidir. Quiero enfatizar algunos elementos del oficio de presidente que podrían mejorar al trabajar sobre ellos durante los próximos años.

El presidente sirve a la liturgia que esta Iglesia, en toda su diversidad, está celebrando. Frecuentemente, nosotros, los que presidimos, parecemos no confiar en la liturgia. Todos hemos experimentado esto: el presidente que habla mucho, o que ha de demostrar su sentido del humor o su piedad una y otra vez, o el que hace que los demás ministros se la pasen tratando de adivinar qué sucederá a continuación, o el que deja que sea su propia manera de hacer las cosas o sus propios sentimientos del momento los que lo decidan. ¿Qué es lo que sucede en estos casos? él se ha apropiado de la liturgia y ha hecho de la asamblea su audiencia. Esto acaba con cualquier posibilidad que hubiera podido tener la Iglesia de actuar su liturgia en este espacio sagrado.

Los presidentes que actúan de este modo no confían ni en la liturgia ni en la Iglesia. Todos los presidentes necesitan estar dentro de una asamblea dirigida por un sacerdote que domine el arte de confiar en la liturgia de la Iglesia. ¡Qué cosa tan buena es encontrarse con que la idea de "audiencia" ha desaparecido, tanto en el presidente como en la asamblea! Aunque tales oportunidades pueden complicar nuestros horarios, debemos buscarlas. E incluso, cuando la presidencia es menos de lo que esperábamos, el estar en la asamblea durante la Liturgia dominical es una de las cosas que, más que ninguna otra, puede encender nuestro deseo de lograr una liturgia renovada.

Pero eso es sólo parte de la respuesta. Hasta que no haya un sentido claro de cómo la asamblea, atendida por buenos ministros, celebra la liturgia domingo a domingo, los presidentes pueden precipitarse en un vacío, que luego tratarán de llenar. Por lo tanto, hemos de progresar en dos áreas al mismo tiempo: en la auto-concientización de los presidentes y en el progreso de la parroquia es decir, en que los parroquianos respondan al llamado de Dios, vinien do, domingo a domingo, con la plena expectación y necesidad de hacer todo lo que pueden para lograr una buena liturgia.

Un presidente se prepara conociendo cómo se desarrolla la liturgia en esta comunidad, lo cual explica por qué nunca ese desarrollo llegará a ser ideal si los presidentes hacen recorridos, celebrando siempre en diferentes parroquias. Ellos necesitan saber cómo se celebra esta liturgia domingo a domingo en esta asamblea. El presidente debe conocer los tiempos, la duración de los silencios (después de "oremos", por ejemplo), el ritmo de la procesión, lo que se canta y lo que se dice, lo que hacen los demás ministros, y cuándo y cómo hacerlo. La asamblea asumirá la actitud de audiencia ante un actor tan pronto como capte, por lo común subconscientemente, que este presidente actuará de acuerdo a sus propias nociones de ritmo, de lo que debe cantarse y lo que no, de silencios o falta de ellos. Entonces la liturgia, como estamos tratando de entenderla, no podrá ser celebrada plenamente.

La preparación para presidir consiste en cuidar cada texto que será pronunciado o cantado en una liturgia. Esto se aplica ciertamente a las tareas centrales del presidente: la proclamación de las oraciones presidenciales y de la Oración Eucarística. Pero se aplica también a las diversas invitaciones, a los saludos y a la bendición. Y si hay "exhortaciones" (moniciones) opcionales, entonces éstas también necesitarán ser preparadas. Incluso aquéllos dotados con una buena voz necesitan tratar de dominar las palabras antes de hacerlas parte de la liturgia de la Iglesia.

Un buen presidente debe estar completamente atento a la liturgia, así como también debe estarlo cada miembro de la asamblea. Debe atender visiblemente a las lecturas, unirse al canto, y mantenerse silencioso y quieto cuando los demás deben hacerlo. El presidente está "ahí" para la liturgia, completamente comprometido con el ritual. Esta es una actitud, una manera de ser y de comportarse. Esto sólo puede suceder cuando caemos en la cuenta de que "presidir" no es solamente una característica más en la "descripción de puestos" de un ordenado. El presidente viene a la liturgia esperando mucho de la asamblea, de los demás ministros y del Señor. Viene con hambre y sed de la Palabra de Dios, de interceder, de dar gracias a Dios. Pedimos esto de todos los miembros de la asamblea.

El presidente no debe dejarse llevar por la emoción o por los buenos o malos sentimientos que tenga en ese momento. Los ritos de la Iglesia son capaces de tocar toda posible emoción humana, puesto que no dependen de los sentimientos del momento. Nuestros ritos están llenos de pasión, pero es la pasión de la Iglesia, la profunda preocupación por el mundo, por la creación, por la manifestación del amor de Dios. El ritual tiene que ver, en el buen sentido de la palabra, con la pasión misma de Cristo. Esto nos lleva directamente al siguiente aspecto de la presidencia.

El presidente respeta los símbolos. Lo que hacemos en la liturgia nos lleva más allá de la literalidad que domina nuestra vida. Para presidir, la persona debe vivir basada en la rica ambigüedad de la realidad simbólica.

Respetar el poder de los símbolos no es algo que se dé fácilmente. Aun en la Iglesia tenemos miedo de los símbolos. Queremos hechos, dimensiones. Queremos una verdad literal, pero lo literal nunca puede ser "el camino y la verdad y la vida". Los símbolos se esconden debajo de la superficie y son verdaderos y reales. Los símbolos de los cuales vivimos son amplios, ambiguos, y siempre nos comprometen de nuevo. El que ha de presidir en la liturgia debe tener práctica en cuanto a la reverencia por la realidad simbólica de la obra que lleva a cabo la Iglesia en la liturgia. Piensen cómo los primeros predicadores de la Iglesia podían hablar una y otra vez acerca de una realidad como el Bautismo, pues lo conocían desde una docena de perspectivas, pudiendo citar y examinar varios pasajes de las Escrituras, porque cada uno de ellos les daba una nueva apreciación y ninguna agotaba lo que sucede en las aguas bautismales. ¿Es esa pila de agua un vientre o una tumba? ¿Es este un baño matrimonial o un baño funeral o un baño natal? ¡Es todo a la vez!

La actuación simbólica, hecha con fuerza y reverencia, es fundamental. En la Eucaristía del domingo hay reverencia por el Cuerpo de Cristo, cuando hemos comido Pan que es pan para todos nuestros sentidos, y cuando habitualmente tenemos suficiente Vino para que el cáliz sea compartido por todos los que han de comulgar. No privemos a estos símbolos pan, vino, comer, beber de su fuerza. Una planeación más cuidadosa nos ayudará a evitar tomar del tabernáculo hostias consagradas en las Misas anteriores porque hemos dado gracias sobre este Pan y este Vino en este altar.

Los presidentes han de procurar desarrollar un inmenso respeto por nuestro sentido católico de símbolo, de sacramento. Hemos de conocer la profundidad de las cosas que hacemos, usamos y decimos en la liturgia, ya sea que se trate de una inmersión en agua, de una aromática unción con crisma, de la Palabra proclamada desde un libro de las Escrituras digno, o de pan y vino en un altar que está rodeado de personas bautizadas que alaban y dan gracias a Dios con la voz del presidente y con sus propias voces.

Más que los catecismos y las homilías, los símbolos, cuando son respetados y realizados con amplitud, son los principales maestros de la Iglesia. Pero estos símbolos no son cosas o abstracciones. Representan el compromiso total de la asamblea y de sus ministros con los hechos que los definen. Al usar sus símbolos, los cristianos forman cristianos. Aquéllos que han de asumir el papel de presidentes deben, durante estos años, examinarse a sí mismos y darse cuenta de los modos cómo ellos pueden proteger la fuerza de nuestras acciones simbólicas o reducir estas acciones a signos empobrecidos y unidimensionales. Un presidente tiene una "piedad litúrgica", un espíritu formado y continuamente vuelto a formar por la liturgia. Esto es lo que la Constitución sobre la Sagrada Liturgia llama el "verdadero espíritu cristiano", que es buscado y encontrado en una participación plena, consciente y activa en la liturgia.

Hay muchas expresiones válidas de piedad católica, pero la piedra de toque de toda piedad es la liturgia.

Por ejemplo, un sacerdote puede ser un erudito respecto a la Biblia, pero todavía tiene que descubrir cómo suena ésta y qué significa cuando sus palabras son pronunciadas con fuerza en la Iglesia y escuchadas por una asamblea. La piedad y la espiritualidad litúrgicas ansían la Palabra de Dios hablada, meditada en el silencio y en la homilía, en medio de las vidas del pueblo y de la vida del mundo. O bien, un sacerdote puede conocer una amplia variedad de discusiones teológicas acerca de lo que sucede en la Oración Eucarística, pero saber muy poco, en cambio, acerca de cómo es, de cómo suena, de qué tan apasionados pueden ser los momentos en los cuales la Asamblea dominical es regularmente implicada en el memorial eucarístico, en la aclamación y en la intercesión, puesto que es la Oración Eucarística de ellos, el centro de su liturgia, la acción que está modelando sus vidas. La esencia de una piedad litúrgica será el ámbito de tal alabanza y acción de gracias. Debemos aprovechar las oportunidades de experimentar una liturgia celebrada de este modo.

Catequesis para la Liturgia

Cuando se introdujeron las reformas de la liturgia, después del Vaticano II, en general había poca preparación. Sin embargo, la experiencia demostró que cuando las parroquias habían sido bien preparadas con diversas catequesis, las reformas fueron aceptadas y la liturgia llegó a ser celebrada con cuidado y entusiasmo.

Si nosotros, como Arquidiócesis, hemos de hacer serios esfuerzos por la renovación en estos próximos tres años, la catequesis debe formar parte de esto.

La forma primaria de catequesis que quiero promover durante estos tres años, implica la predicación, en parte porque quiero que esta catequesis llegue a todo católico practicante, pero también porque creo que esto puede hacerse siguiendo fielmente las normas para la homilía, y quiero que nos formemos un buen hábito respecto a este tipo de predicación.

Para dar un ejemplo de lo que quiero decir con homilía que incluya catequesis para o acerca de la liturgia, consideren las conocidas palabras de Agustín:

Por consiguiente, si ustedes quieren entender lo que es el Cuerpo de Cristo, escuchen al apóstol, cuando éste dijo a los fieles: "Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y sus miembros" (1 Corintios 12:27). Entonces, si ustedes son el Cuerpo de Cristo y sus miembros, el misterio de ustedes ha sido colocado en la mesa del Señor, ustedes reciben su misterio. Ustedes contestan "Amén" a aquello que ustedes son, y contestando, dan su consentimiento. Porque ustedes oyen "El Cuerpo de Cristo", y responden "Amén". Sean un miembro del Cuerpo de Cristo para que su "Amén" sea verdadero.

Sus palabras podrían ser una homilía contemporánea de cualquiera de esos domingos de verano en que el evangelio de Marcos se interrumpe para leer el sexto capítulo del Evangelio de Juan. ¿Qué es lo que Agustín hace aquí y que la mayoría de nosotros no hacemos cuando tenemos la oportunidad justo frente a nosotros? Para empezar, él conoce el conjunto de la liturgia como la fuente de su predicación. Nosotros tendemos a limitarnos a las lecturas de la Sagrada Escritura. Agustín tiene ante él las Escrituras del día, sus salmos, sus cantos, el ambiente total del tiempo litúrgico y el recuerdo de cómo nuestra asamblea celebra la liturgia. El puede traer a su propia conciencia y a la de la asamblea la Eucaristía dominical cada domingo, el bautizo cada año, la unción siempre que alguien está enfermo. Estos recuerdos de las acciones que hemos llevado a cabo juntos son un lenguaje común.

¡Agustín realmente puede predicar con ese lenguaje! ¡Y de qué forma lo hace! Es un lenguaje que los catecúmenos están empezando a hablar, un lenguaje que los ya bautizados están todavía aprendiendo, y por el momento no les es tan familiar como su lengua materna. Es un lenguaje para reunirse alrededor de las llamas de las velas y las lámparas de aceite, para probar miel y leche en la noche del Bautismo, el lenguaje del hambre y la sed, del tocar y probar el Pan y el Vino consagrados cada Día del Señor, del escuchar y ver cómo las aguas de la fuente reciben los cuerpos de los amados elegidos y los devuelven, recién nacidos en Cristo, y de ver, oler y tocar el aromático aceite con que son ungidos los rostros de los nuevos bautizados en la gran Vigilia cada año.

La razón por la cual Agustín y tantos otros de su tiempo pudieron predicar de este modo es que los ritos, en sí mismos, debieron haber sido realizados con gran fuerza, con respeto por los símbolos y con el beneficio de la repetición. Y cuando nos esforzamos por celebrar con una participación así en nuestros ritos, podemos predicar a partir de lo que estamos experimentando. No estoy hablando de invitar a la asamblea a celebrar mejor alguna parte de la liturgia. Más bien, este tipo de predicación catequética invita a la asamblea a unirse con el predicador en la reflexión acerca de lo que ha sido su experiencia hasta entonces.

Por ejemplo, una experiencia de los miembros de la asamblea es decir "Amén" cuando el ministro les dice las palabras "El Cuerpo de Cristo", "La Sangre de Cristo". El predicador pide que mediten en lo que esa experiencia significa: ¿Escucharon o se dieron cuenta de ello? ¿Recuerdan estas palabras de Jesús en el Evangelio o estos versos del salmista? ¿Alguna vez se sintieron sobrecogidos al pensar que este contacto se parece a la manera en que los seres humanos se tocan unos a otros? El predicador tal vez necesita hablar con la gente y descubrir qué pensarían de esta experiencia de comunión si se les pidiera que pensaran acerca de ella. Tal vez el predicador necesita hablar con los ministros de la Comunión para recabar lo que saben acerca de su ministerio y de la comunidad a la que sirven.

Esta catequesis para la liturgia probablemente será difícil para nosotros al principio. Pero un lenguaje se aprende practicándolo. Podemos descubrir que muchos miembros de la asamblea dominical (tal vez aquéllos con una fuerte identidad étnica) están dispuestos a hablar este lenguaje, que lo han estado practicando toda su vida y que lo recibirán con alegría. Pero el lenguaje no debe sobrepasar la realidad. Si empezamos a hablar acerca del esplendoroso gesto llamado la Señal de la Cruz, necesitamos saber cómo hacerlo con dignidad, reverencia y con un sentido de participar de algo antiguo. Si empezamos a hablar acerca del "Amén" que decimos cuando el ministro nos dice "El Cuerpo de Cristo", "La Sangre de Cristo", nos gustará ver que el porte, la palabra, los ojos y la postura de los ministros de la Comunión confirmen todo lo que decimos.

Esta predicación acerca de la liturgia no agota las diferentes maneras de hacer catequesis para la liturgia. Aquí necesitaremos reforzar la relación entre aquéllos que trabajan en la liturgia y aquéllos que trabajan en la catequesis. Ustedes, que tienen el ministerio de enseñar, ya sea a nivel de graduados o a nivel preescolar, ¿no son miembros de la asamblea que celebra su liturgia parroquial? Y ustedes, que preparan la liturgia, ¿no son personas formadas por sus maestros, personas que aún están siendo catequizadas de muchas otras maneras? Estas son sólo dos facetas de lo que es ser Iglesia.

Quiero alentar a todos los ministros parroquiales a que exploren las posibilidades de tener una colaboración aún más plena, especialmente en la preparación sacramental. ¿Cómo pueden las formas de vida litúrgica presentes y las que están apareciendo apenas, ser la fuente y el tema de la catequesis? Necesitamos el servicio de aquéllos que tienen especial conocimiento de las diversas áreas de la vida parroquial, reconociendo que todos son seres rituales y sacramentales, ya sea que enseñen o sean enseñados, y que todos buscan conocimiento y significado cuando celebran sus ritos. Este tipo de reconocimiento que estamos pisando el mismo terreno multiplicará energías y permitirá que todos sirvan a una Iglesia que tiene una necesidad desesperada de aprendizaje, de formación y de liturgia.

Estos próximos años son un tiempo para avanzar con decisión en esta dirección, en todos los niveles. Que los catequistas, maestros y directores de educación religiosa y maestros de nuestras escuelas católicas lleguen a ver cómo una sólida vida litúrgica en la parroquia forma cristianos. Y que aquéllos que trabajan en liturgia se den cuenta de que mientras más participe la asamblea en la liturgia, más se necesitará de todo tipo de formas de instrucción y catequesis. El objetivo no es lograr una liturgia estética o una comprensión del catecismo adecuada a nuestra época. La meta es una Iglesia que actúe apoyada en el amor de Dios al mundo. Debemos regresar, una y otra vez, a lo que dice Mateo en el cap. 25: "En verdad les digo, cualquier cosa que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo la hicieron".

Retos

Homilía: La homilía es liturgia. Sus palabras son las palabras de la liturgia tanto como lo son las oraciones del presidente o los cantos de la asamblea. Se nos dice una y otra vez que los fieles católicos quieren buena predicación y homiletas que desarrollen y afinen sus talentos.

El homileta necesita un buen oído para saber de qué debe hablar, un buen ojo para detectar lo significativo de la vida diaria y de lo extraordinario. Un homileta necesita tiempo para penetrar en todo tipo de ambientes, para meditar en silencio y escribir. Un homileta necesita el hábito de leer y escuchar buenos discursos. Aun con todo esto, el homileta necesita hablar con convicción en la Iglesia y para la Iglesia.

El enfoque y la pauta establecidos por los obispos de los Estados Unidos, en nuestro documento de 1979, Fulfilled in Your Hearing, deben ser estudiados y aplicados. Tomen en serio la idea en ciernes que aparece en ese documento: que los homiletas se reúnan frecuentemente con los miembros de la asamblea para leer y meditar las Escrituras dominicales.

La Oración Eucarística. Lo que hemos hecho a fondo con la Liturgia de la Palabra, debemos hacerlo ahora con la Liturgia de la Eucaristía. Hemos de abordar la Oración Eucarística misma, "el centro y cumbre de toda la celebración" (Instrucción General para el Uso del Misal Romani 54). Ya he hablado de esto arriba, al describir la liturgia en Nuestra Señora de los Ángeles.

Para el año 2000, deberá ser obvio para un visitante y estar profundamente enraízado en la persona que asiste con regularidad a la Iglesia, que cuando se nos pide que levantemos el corazón, ¡realmente lo hacemos! Y con los corazones levantados hacia Dios, todos le damos gracias y lo alabamos, invocamos la venida de su Santo Espíritu, recordamos las obras de su misericordia, intercedemos una vez más y sellamos todo esto con nuestro Amén. El "centro y cumbre" con mucha frecuencia es descuidado y mal entendido.

¿Cómo podemos ser lo que somos, bautizados, si no empezamos a rezar la Oración Eucarística con plenitud? ¿Cómo se canta o proclama? ¿Qué tanto aclaman las aclamaciones? ¿Cómo se relaciona, aunque sutilmente, con el Rito de Preparación de Ofrendas y el Rito de la Comunión? ¿Cómo nos centra la apariencia misma del altar sagrado la patena con el pan, que es pan para todos nuestros sentidos, la copa de vino y el recipiente lleno de vino para toda la asamblea?

Este cambio requerirá catequesis y preparación de los presidentes y músicos. Empecemos ahora. Concentrémonos en el Pan de Vida: que cumpla con los requisitos de la Instrucción General, que sea suficiente su cantidad para cada Eucaristía. Fijémonos en el cáliz de Vida eterna: que haya suficientes para todos en cada Misa dominical. Fijémonos en el texto: los responsables deberían determinar la manera en que los textos aprobados para la Oración Eucarística sean dichos en el transcurso del año. La elección de la Oración Eucarística no debería quedar sólo a la discreción del presidente, sino más bien reflejar las aspiraciones y necesidades de esta comunidad. Es la oración de toda la asamblea. Fijémonos en la manera de proclamar y aclamar como un primer paso para hacer que esta Oración sea claramente el centro de nuestra Misa dominical.

El Rito de Comunión. Nuevamente, aunque hay mucho por hacer, estas tareas son simplemente un llevar a la práctica las reformas del Vaticano II. Ahora pueden llevarse a cabo con algo de sabiduría y con una buena catequesis. El Rito de la Comunión empieza con la Oración del Señor y termina con la Oración después de la Comunión. Es la obra de la asamblea y debe ser tratada como tal. Que todos levanten las manos en oración para el Padrenuestro, hasta la aclamación "Tuyo es el Reino". Que la paz sea compartida con calurosos abrazos y apretones de manos, porque aquí toda relación humana de sangre o amistad se desvanece ante la cercanía que todos tenemos como miembros del Cuerpo de Cristo.

Después, hagamos que la letanía "Cordero de Dios" vuelva a llevar la atención hacia el altar en el que la fracción del Pan habla aún de la presencia de Cristo entre nosotros, como lo hizo en Emaús. Que la letanía dure el tiempo necesario como para que el Pan sea partido, los cálices preparados y para que los ministros lleguen a sus lugares. Inmediatamente después, todos son llamados a la mesa: "Este es el Cordero de Dios".

Ha de haber una verdadera procesión, que tenga sentido de acuerdo a la configuración de la iglesia. Esta procesión continúa durante todo el tiempo de la Comunión, con cantos que empiecen inmediatamente después de la aclamación "Señor, yo no soy digno", al igual que la Comunión misma. Se ha de poner gran atención en la colocación de los ministros y en el movimiento de la procesión alrededor y a través de la asamblea. Los cantos que se usen en la Comunión deberán ser cantos que todos puedan cantar sin necesidad de leerlos; cada parroquia tendrá tal vez seis o siete cantos de Comunión, cuyas palabras y melodía sean susceptibles de ser repetidas a través de los años. Se usará un solo canto de Comunión, que durará hasta que la procesión y la Comunión hayan terminado.

Entonces, la asamblea se sienta. Esto es seguido por un tiempo adecuado de silencio y quietud. Algunos domingos, la asamblea podrá cantar un himno de acción de gracias. Y finalmente, la Oración después de la Comunión. Los avisos, si es que hay, siempre seguirán a esta oración.

Debo añadir dos puntos adicionales. Primero, la práctica de distribuir Hostias consagradas en una de las Misas anteriores no es prevista de ninguna manera en la liturgia de la Iglesia ni en las rúbricas. Tampoco concuerda con una comprensión correcta de la Oración Eucarística y de la asamblea. Ha de hacerse sólo cuando por cualquier circunstancia excepcional haya muy poco Pan consagrado para la presente liturgia.

En segundo lugar, recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo ha de ser la práctica de todas las parroquias en todas las Liturgias dominicales. Los homiletas deberán ocasionalmente hacer referencia a la plenitud del símbolo, que ahora está al alcance de todo comulgante. Las palabras de Jesús son repetidas en cada Oración Eucarística: "Tomad y bebed todos de él". Las palabras están ahí, invitando al homileta a detenerse en ellas. Aquéllos que tienen el ministerio de distribuir "el cáliz de Vida eterna" deben desempeñarlo con alegría y acogedoramente.

Asambleas que manifiestan nuestra alma católica. Varios retos en la celebración de la liturgia se entenderán mejor bajo este encabezado.

  • La disposición física del espacio de culto debe adecuarse lo más posible para acoger a los incapacitados, a los ancianos, a los padres de niños pequeños. Ellos también son la Iglesia y nos acogen como nosotros los acojamos. Los salones aislados para niños pequeños (cry rooms) fueron un esfuerzo bien intencionado pero erróneo. La liturgia, cuando es bien celebrada, alcanza más dimensiones de las que ninguno de nosotros se atrevería a nombrar. Desconfiemos de una liturgia tan "adulta" que los niños no tengan lugar en ella.
  • El lenguaje y la cultura se mencionaron en la Introducción. Este es un tema complejo, pero no tan complejo como nosotros a veces lo hacemos. Todos podemos, como un primer paso, cantar aclamaciones y respuestas de letanías en otros idiomas. Sobre todo, podemos tratar de mantener unidas dos direcciones difíciles pero correctas: la apertura de nuestra liturgia a las artes de una cultura, y nuestra necesidad de dar testimonio, domingo a domingo, de que aquí en nuestras asambleas, todas las divisiones de la sociedad son vencidas y de que una gran diversidad de gente canta un canto común.
  • El lenguaje horizontal inclusivo, al menos en la medida en que los obispos de Estados Unidos lo han fomentado después de su revisión de los libros litúrgicos, debería ser incorporado a todas las celebraciones litúrgicas de esta Arquidiócesis.

Un programa para llevarse a cabo

Conforme nos acercamos al Año del Jubileo y a la dedicación de la nueva Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles de esta Arquidiócesis, nos dedicaremos a una renovación continuada y enfática de la Liturgia Eucarística dominical en nuestras parroquias.

De todo lo que se ha dicho hasta aquí, quiero señalar algunas metas a corto plazo que se pueden perseguir estos años. Dependiendo del progreso que se haya hecho, una parroquia puede adaptarlas a su situación, pero cada parroquia necesita empezar ahora un curso de catequesis y práctica litúrgica que nos permitirá llegar al año 2000 con cientos de parroquias celebrando una liturgia lo más parecida posible a la que traté de describir más arriba, aun a costa de retrasar otras iniciativas pastorales importantes.

1. Para Pentecostés de 1998: responsabilidad, evaluación y un plan. ¿Quién es responsable de la liturgia? El pastor, ciertamente, pero ¿quién lo ayuda? ¿Qué tan efectivas y provechosas son las relaciones entre los dirigentes? Si necesitan mejorar, ¿cómo puede hacerse esto? Si la parroquia no tiene a nadie competente en el trabajo de coordinar la liturgia ni algún grupo o comisión que lo apoye, entonces lo primero será encontrar un coordinador de liturgia o una comisión. En algunas parroquias, la formación de esta comisión, bajo la guía de un director entrenado, puede llevar la mayor parte del año. En otras parroquias podrá pasar todo el año antes de que alguien pueda ser entrenado por medio del Programa de Certificación de la Oficina de Liturgia. En algunos casos, el pastor o alguna otra persona del equipo que tenga entrenamiento en liturgia, podrá asumir la responsabilidad.

No hay una sola manera correcta para organizar el trabajo de preparar las liturgias que se celebran en una parroquia. Cada parroquia empezará a partir de donde se encuentra y, tan pronto como sea posible, establecerá un plan para la renovación litúrgica, especialmente respecto a la Eucaristía del domingo, para el año 2000.

2. Para fines de agosto de 1998: un plan para fijarnos cuidadosamente en cinco áreas durante el otoño de 1998.

  • La actual disposición, muebles y belleza del actual espacio de culto, ¿ayudan o impiden la plena, consciente y activa participación de la asamblea? Frecuentemente habrá que aceptar las limitaciones de los edificios con que se cuenta. Pero hay que aceptarlas con la imaginación suficiente, que permita usar ese espacio de la mejor manera posible: ¿cómo usarlo de forma que ni el presidente, ni los ministros ni la asamblea misma sientan que la asamblea es el público?
  • Música: Primero, ¿es un hecho ya que la liturgia se canta y que la música para hacerlo es digna y puede ser repetida, revelando cada vez más, por medio de las palabras y los sonidos, niveles de participación más profundos? Segundo, ¿permiten la acústica y el sistema de sonido, no sólo al presidente, lector y cantor el ser escuchados por la asamblea, sino, lo que es igualmente importante, a la asamblea, escucharse a sí misma? Que pueda escucharse el sonido del canto de la asamblea ha de ser un objetivo principal de la buena acústica de una iglesia.
  • Ministerios: Hágase una estimación de los puntos fuertes y los débiles por lo que respecta a la preparación y entrenamiento y apoyo del desarrollo de cada ministerio, tanto de aquéllos que son más públicos (lector, cantor, coro, otros músicos, ministros de la Comunión, acólitos, acomodadores) y otros que son igualmente importantes (director de música, sacristán, decoradores litúrgicos, redactores de las peticiones). A partir de esta evaluación, planéese de acuerdo a las necesidades para hacer un reclutamiento (que sea plenamente representativo de todos los miembros de la parroquia), entrenamiento, prestación de su servicio, y algunas veces jubilación.
  • Presidir y predicar: Implíquese a los presidentes mismos en un plan de evaluación y mejora. Revísese esta Carta cuidadosamente para establecer prioridades locales para los presidentes y predicadores. En ambas áreas, nuestra Oficina de Liturgia y la de Formación Permanente del Clero ofrecerán ayuda.
  • Horario de Misa: Este es un aspecto difícil, por muchas razones. Las directivas dadas en mi última Carta Pastoral acerca de la Eucaristía Dominical: Un Día en el que nos Reunimos (The Day on Which We Gather), pueden ayudar y aplicarse todavía plenamente ("The Day on Which We Gather" Guidelines: # V.,A. inclusive).

3. Para el Primer Domingo de Adviento de 1999, toda Liturgia dominical será celebrada con la Oración Eucarística y el Rito de Comunión conforme son descritos en este documento. Muchas parroquias están ya listas para empezar a llevar a cabo esto. En otras, se tiene que trabajar primero mucho en cuanto a los ministerios, cantos y cuidado total de la liturgia. Lo que sigue es un resumen (pero no un sustituto) de lo que se ha dicho arriba:

  • La Oración Eucarística es la oración de la asamblea reunida, dicha por el presidente. Debe quedar claro para todos, por la intensa participación de la asamblea, que este es el momento central de la Liturgia dominical.
  • La Oración Eucarística debe tener un claro inicio (el diálogo del Prefacio separado de lo que viene antes) y un claro final (el Amén separado de la Oración del Señor).
  • La elección del texto debe ser determinada en base a un plan completo para la parroquia.
  • Las aclamaciones deben ser fuertes, así como también la proclamación del presidente. La secuencia de acción de gracias y alabanza, memorial, invocación del Espíritu e intercesión, debe ser cantada o recitada con gran reverencia y atención.
  • Hay que recurrir al sagrario sólo cuando no se haya calculado bien la cantidad de Pan que se necesita. De otra manera, no ha de ser usado para la Comunión de la Misa.
  • El Pan debe aparecer como pan a todos los sentidos; debe haber suficiente para la Comunión. (Instrucción General para el Uso del Missal Romano: 283).
  • Debe haber suficiente vino para la Comunión de la asamblea, y todos han de ser invitados amablemente a compartir este cáliz.
  • La postura orante (de pie, con los brazos en cruz, no unidos) es apropiada para todos desde la Oración del Señor hasta "Tuyo es el reino".
  • El Cordero de Dios es una letanía que debe ser cantada durante toda la fracción del Pan y hasta que el presidente esté listo para decir "Este es el Cordero de Dios".
  • El canto de Comunión, un canto procesional de la asamblea, debe empezar inmediatamente después de la respuesta "Señor, yo no soy digno", y debe continuar hasta que todos hayan recibido la Sagrada Comunión.
  • La procesión de Comunión ha de ser realmente una procesión (no sólo de nombre).
  • Los ministros de la Comunión, inclusive el presidente, han de prestar gran atención a cada persona que se acerque a comulgar.
  • Un amplio tiempo de silencio debe seguir a la procesión de Comunión.
  • Los avisos y notificaciones de otras actividades de la comunidad se dicen después de la Oración de Comunión.

Sobre todo, la catequesis debe acompañar a todo esfuerzo de renovar la liturgia. Esta es tarea no sólo del pastor y de la comisión de liturgia, sino también de los que trabajan en la catequización. Las parroquias o grupos de parroquias deben buscar y emplear personas con estudios académicos en liturgia, que tengan un buen sentido pastoral. Estas personas ayudarán entonces a la implementación de esta Carta y al desarrollo cuidadoso de la liturgia.

Invito a las oficinas y departamentos pertinentes del Centro Católico Arquidiocesano a reunirse para discernir la manera en que todos pueden ayudar y colaborar en la importante obra de vitalizar y transformar las parroquias, que he esbozado en esta Carta.

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